Prehistoria de las telecomunicaciones

Las telecomunicaciones están presentes en todos los ámbitos de la sociedad moderna. De hecho, la sociedad misma es, en gran medida, consecuencia de los avances que se han ido registrando en cuanto a las posibilidades para el intercambio de información a lo largo de siglos. Internet ha traído consigo la globalización, pero ya antes de su irrupción podíamos hablar por teléfono fuera de casa o del lugar de trabajo. Poco antes, la televisión había propiciado una revolución en la difusión de información, esbozada décadas atrás por la radio, que ampliaba las posibilidades del telégrafo, que a su vez había venido a mitigar limitaciones del correo postal, etc.Esta entrada es la primera de una serie de pequeños relatos históricos donde repasaremos cómo hemos llegado hasta donde estamos hoy en materia de telecomunicaciones. Lo que pretendemos hacer ver es que ninguna de esas invenciones surgió de la nada. Al contrario, toda la tecnología que tenemos hoy se ha ido desarrollando por acumulación de aportaciones de hombres y mujeres pensantes de todas las épocas. Ideas felices hubo unas cuantas, sí, pero generalmente los pasos han sido más discretos de lo que a menudo nos imaginamos.

Y el principio es que todas las especies de animales sociales comparten una característica: que los individuos se comunican entre sí. Cuanto más avanzada y compleja es la comunicación, más profundo es el sentimiento social, más fuertes los lazos y, en general, más cómoda la convivencia. Las hormigas, como puedes ver en el siguiente vídeo, pueden decirse muchas cosas unas a otras a base de señales químicas, mientras que las abejas informan de la localización de flores por medio de movimientos, que incluso parecen tener diferentes dialectos. Otros ejemplos interesantes los encontramos en los gatos y los grandes felinos, con multitud de formas de comunicación y, por supuesto, en los primates (que le pregunten a Jane Goodall o a la gorila Koko).

El ser humano ha llevado la comunicación mucho más allá que cualquier otra especie social. El proceso se desarrolló primeramente durante millones de años de evolución biológica y social, para luego estallar en unos pocos miles de años de evolución tecnológica, desde la baja tecnología hasta el mundo conectado que tenemos hoy en día. Empezamos, pues, dando un salto a nuestra rama evolutiva.

De primates que se decían cosas

Hace tres o cuatro millones de años, en el este de África, un grupo de antecesores nuestros se vieron sometidos a unas condiciones de vida muy duras y cambiantes. Aparentemente, un enfriamiento del clima arrastró a esas criaturas (no muy diferentes de los grandes simios actuales) a salir del entorno de los árboles y adentrarse en la sabana africana, donde había numerosos peligros acechando. Para un grupo de animales que no eran especialmente fuertes ni rápidos, y que ni siquiera disponían de sentidos de la vista y el olfato particularmente buenos, sólo había dos salidas: apañárselas para sobrevivir en nuevas condiciones… o extinguirse. Y es obvio que sucedió lo primero, gracias a dos avances clave: erguirse para vigilar a los depredadores (por debajo de la hierba no se veía nada) y colaborar los unos con los otros (que la unión hace la fuerza). En unos cientos de miles de años, los descendientes de aquel grupo de primates ya eran bastante diferentes de los que se habían quedado en la selva. Caminaban casi de pie, con lo cual tenían libres las manos delanteras para coger cosas, y disponían de un lenguaje oral muy básico.

En un contexto de “espabilas o mueres“, los individuos capaces de hacerse entender rápidamente tenían más posibilidades de sobrevivir, más éxito evolutivo. Al principio pudo ser algo tan simple como tener una mayor variedad de gritos o gruñidos, como las que se profieren los dos siamang del vídeo siguiente). Pero el conjunto de palabras fue haciéndose mayor a medida que pasaba el tiempo. Y así entramos en una espiral muy positiva: manejar herramientas y organizar cacerías es bueno, pero sólo los más inteligentes pueden asimilar los nuevos conceptos. Y los más inteligentes, que asimilan los nuevos conceptos, crean a su vez nuevas palabras, que sólo los más inteligentes asimilan. Repitiendo esto muchas (pero muuuchas, muuuchas) generaciones –y siempre teniendo en mente que el que se quede atrás seguramente morirá joven– los homínidos fueron medrando en inteligencia y habilidades comunicativas.

Con el tiempo, los seres pre-humanos se fueron extendiendo por tierras hostiles en pequeñas comunidades socialmente unidas. Descubrieron el fuego y las herramientas básicas, de modo que entre otras cosas podían cocinar alimentos y cazar. Obtenían más alimentos, enfermaban menos, tenían más descendientes… siempre y cuando el conocimiento se transmitiera de padres a hijos. De no ser así, los miembros de cada nueva generación tendrían que redescubrirlo todo, y difícilmente les daría tiempo; por tanto, sus posibilidades de sobrevivir serían escasas. Los procesos evolutivos llevaron a la aparición de muchas especies de homínidos, pero la selección natural provocó que aquellos que no fueran suficientemente inteligentes y no dispusieran de un buen sistema de comunicación se extinguieran. La especie que sobrevivió era la que, aparentemente, había desarrollado una sociedad más unida, más compleja, con más tipos de interacción entre individuos… con más comunicación.

Un pasito más allá de hablar con el de al lado

Hace unos 40.000 años, el lenguaje oral era ya un excelente vehículo de información. Tan eficiente que los nuevos conocimientos podían transmitirse rápidamente (en términos relativos, cientos de años) de unos grupos de humanos a otros. Pronto aparecieron otros soportes, cuando algunas poblaciones de humanos pre-modernos comenzaron a plasmar ideas en la roca, utilizando herramientas rudimentarias y tintes. Es muy difícil decir cuándo y dónde surgió esta novedad, pero lo que está claro es que, en unos pocos miles de años, poblaciones humanas muy lejanas entre sí empezaron a decorar sus lugares de paso. Sin ir más lejos, alrededor del Mediterráneo hay numerosas muestras de pinturas rupestres con dataciones entre los 40.000 y los 20.000 años de antigüedad, caso de las fabulosas cuevas de Nerja y Altamira. Y también en África, e incluso en Australia.

Hace como 400 siglos que los pre-humanos plasmaban ideas en piedra, y eso es información que ha llegado hasta nuestros días. Esa durabilidad no hay vinilo, cinta magnética o CD que la iguale.

Hace como 400 siglos que los pre-humanos plasmaban ideas en piedra, y eso es información que ha llegado hasta nuestros días. Esa durabilidad no hay vinilo, cinta magnética o CD que la iguale.

Hace unos 12.000 años, ya había tribus nómadas pululando por todos los continentes, similares a las que todavía podemos encontrar aisladas en recónditos lugares del África subsahariana, la selva amazónica o Papúa Nueva Guinea. Eran predominantemente nómadas y manejaban herramientas de hueso, piel y piedra. Difundían el conocimiento de palabra, pero también comenzaron a desarrollar diferentes formas de comunicación a distancia, con características dependientes del entorno. Así, en zonas áridas y de buena visibilidad, como los desiertos de Norteamérica o el Sáhara, aparecieron sistemas basados en señales de humo y silbidos, mientras que en zonas boscosas o selváticas surgieron invenciones como los tambores parlantes, que todavía se enseña a los jóvenes en países como Ghana.

Entretanto, hace unos 10.000 años tuvo lugar un gran cambio en la sociedad. Probablemente impulsadas a otro cambio climático, ciertas poblaciones (en la zona conocida como Creciente Fértil) comenzaron a criar animales además de cazarlos, en lo que sería el inicio de la ganadería. También surgió la agricultura, cuando en lugar de limitarse a recolectar grano también se guardaba para sembrar. Aparecieron entonces los primeros asentamientos permanentes y pronto, debido a la creciente cantidad de cosas que había que ir controlando (imagínate, pasar de ir por ahí cazando y recolectando a tener que hacer cuentas con la cosecha y los animales), surgió la escritura propiamente dicha. Ya no hacía falta decirlo todo y confiar en la memoria, sino que se apuntaban cosas en tablillas de arcilla (como hacían los sumerios) o en piedras (como los egipcios con sus primeros jeroglíficos) que se podían almacenar, transportar y releer cuando hicieran falta. Un carro de bueyes cargado de tablillas de arcilla escritas sería un perfecto ejemplo de telecomunicación de la Edad de Piedra.

 En los Museos Vaticanos se conservan tablillas de escritura cuneiforme y jeroglíficos de casi 6.000 años de antigüedad.

En los Museos Vaticanos se conservan tablillas de escritura cuneiforme y jeroglíficos de casi 6.000 años de antigüedad.

La escritura se fue refinando a lo largo de sucesivos siglos. Primero el papiro y luego el papel facilitaron el almacenamiento y el transporte de la información, que ya podía viajar grandes distancias y conservarse por generaciones. Y casi como consecuencia natural de la intención de transmitir lo escrito nació el correo, que sirvió para que jefes de distintos pueblos (faraones, reyes, emperadores, generales, etc) se comunicaran haciendo que otros transportasen escrituras a caballo, en barco, a pie, etc. Pero, por mucho que el Frente Popular de Judea no les reconociera el mérito, el primer sistema postal moderno lo crearon los romanos hace unos 2.000 años, con carros o a pie por las calzadas romanas. Se llamaba “cursus publicus“, y ya tenía todas las características de un sistema real de telecomunicación a larga distancia.

http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/c/cb/Hispania_roads.svg

“Rutas de telecomunicación” romanas en la Península Ibérica.

Con la llegada de la Edad Media, de nuevo, sólo las clases más altas disponían de mensajeros: la cultura y el nivel de vida habían decaído tanto que, aún estando disponible, nadie habría usado un servicio de correos. No se volvería a hablar de servicio postal hasta 500 años más tarde, con el florecimiento de Prusia, un reino que ocupaba territorios al norte de lo que ahora son Alemania y Polonia.

La revolución de la imprenta

En materia de intercambio de información, el siguiente gran paso se produjo con la invención de la imprenta en el siglo XV a manos, supuestamente, del herrero alemán Johannes Gutenberg (las fuentes históricas hablan de otros posibles padres, así como de precedentes evidentes en China más de 500 años atrás). Hasta entonces, escribir un libro era una tarea ardua y solo para especialistas, de modo que cada libro escrito era muy valioso y solo pasaba por unos pocos lectores. Cuando la imprenta hizo posible crear copias de libros sin tener que escribirlos a mano, la información empezó a fluir de manera mucho más ágil. Si la naturaleza social del hombre se forjó gracias al habla, en ese momento se empezó a forjar la sociedad moderna.

La imprenta, en el siglo XV. Las imprentas se popularizaron rápidamente y la cantidad de libros publicados y repartidos por Europa creció exponencialmente.

Las imprentas se popularizaron rápidamente ya desde el siglo XV. Gracias a ellas, la cantidad de libros publicados y repartidos por Europa creció exponencialmente.

El contar con métodos de transporte de información más efectivos provocó cambios espectaculares en cuestión de décadas. Los siglos XV y XVI fueron los del Renacimiento, cuyas renovadas ansias de aprender y progresar nos condujeron a la Revolución Industrial, que la Wikipedia define (a 10 de junio de 2013) como “el mayor conjunto de transformaciones socioeconómicas, tecnológicas y culturales de la historia de la humanidad, desde el Neolítico“. Ahí es nada. Pronto, el ferrocarril hizo que las grandes distancias empezaran a ser menores, lo que se notó no sólo en el transporte de personas y mercancías, sino también en el transporte de información. ¿Puedes imaginar cuánto tardaban en llegar las noticias desde Oviedo hasta Cádiz cuando únicamente sólo podían ser llevadas por mensajeros a caballo? Vale, el tren del siglo XVIII no era una proeza de velocidad, pero además de ser más rápido que un mensajero a caballo podía llevar mucha más información… ¡Vagones enteros!

Hablando de mensajeros a caballo… Vayamos por un momento a Estados Unidos, un país muy grande con dos costas (la atlántica y la pacífica) a 4500 kilómetros de distancia la una de la otra. Durante la primera mitad del siglo XIX el correo interno suponía un problema en el país: eran muchos los mensajes a enviar, pero había que salvar grandes distancias por praderas, desiertos y altas montañas, con climatología adversa… e indios muy enfadados (destacando los paiute). En el año 1860 se instauró un conocido servicio postal: el Pony Express. Jinetes a caballo que se relevaban para llevar el correo de una punta a otra del país a toda velocidad. Este servicio, el más rápido visto hasta la época, conseguía llevar las noticias de una costa a la otra en algo menos de ¡ocho días! Pero pronto sería innecesario

Anuncio del Pony Express, de cuando aún tardaban 10 días en ir de costa a costa.

Resulta que años atrás, en 1831, un científico británico llamado Michael Faraday había llevado a cabo unos experimentos con imanes y cables que, sin sospecharlo, sentarían la base de gran parte de la tecnología actual. Pronto se habría consolidado un sistema que permitía enviar mensajes a largas distancias, casi a la velocidad de la luz: el telégrafo. Obviamente, no hubo caballo ni tren que pudiera competir con eso.

En la siguiente entrada de esta serie comenzaremos por ahí, por Faraday, a describir las bases de las telecomunicaciones modernas. Ya está bien de sistemas “de baja tecnología”, ¿no?

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Comments
One Response to “Prehistoria de las telecomunicaciones”
  1. Elrohir dice:

    Nunca había pensado en las pinturas rupestres como una forma de telecomunicación, pero es cierto. Se podría decir que las cuevas de Altamira son el mensaje DTN con el mayor retardo de la historia xDD.

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